hace un par de días se fue mi último compi que quedaba en el piso. Primero se fue la chica, hace unas dos semanas. No fue un gran drama porque la verdad que es con la que menos trato he tenido. Vivía más en casa de su novio que en la nuestra, y las veces que estaba aqui comía en su cuarto. Lo que sí echo de menos son sus galletas y bizcochos. Es una gran pastelera!
Después vinieron de visita los padres de el chico de Connecticut. Hicieron una cena en casa y poco más, casi casi un visto y no visto. No nos pudimos despedir porque yo tenía clase y muy maja yo, le dejé una notita de despedida, y cuando llegué a casa no encontré respuesta. Es más, mi notita estaba en la basura. Un gran detalle por el que no le guardo ningún rencor.
Y por último se fue con el que más trato he tenido. También vino su familia, pero a estos sí que les conocí bien. Se quedaron a dormir en casa y fue genial. Originales de Bostón, y muy muy simpáticos. Me invitaron a cenar y a un par de buenos whiskys que me dejaron más que atontada.
Me enseñaron el argot propio de Bostón y me dejaron un gran arsenal de comida, mantas, ropa y una práctica lona de plastico para cuando empiece la gran aventura de vivir en el coche, porque en unas semanas soy yo la que deja el piso.
Y como se fueron de madrugada, también me dejaron una nota de despedida, que por supuesto he pegado en mi cuaderno de bitácora.
Sólo llevo un par de días viviendo sola, y he de decir que no me gusta nada. En un principio pensé que sería mucho mejor, pero he de reconocer que no es para nada divertido.
Compartir piso es como un juego, sabes que hay en casa cuando te vas por las mañanas, pero nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando llegues, y eso me gustaba. Todos los días eran distintos.
Pero al estar sola, se perfectamente qué es lo que me voy a encontrar cuando llegue, excepto ayer, que tuve una grata sorpresa que ya os comentaré!
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